¿Por qué está todo tan cerca?
Julieta Lionetti


Tarde en la primavera de 2005. Todavía era necesario llevar una chupa de cuero, aunque los árboles de la Plaza Catalunya mostraban sus brotes achaparrados, alguna que otra flor. El cielo, de ese azul que me tentó a quedarme en una ciudad donde no había nacido y a la cual no le gustan los forasteros.

Gafas de sol: contra el sol mediterráneo que hace quince años era una caricia y hoy un astro hostil y, también, porque vuelven las estéticas de los Warhol, las Callas y las Jacquelines. Audrey Hepburn con los pocos kilos de más que me ha regalado la cincuentena. Las gafas de Jordi, unos ojos de insecto de alto diseño. Las mías, retro.

Hacía meses que Horacio Vázquez-Rial me había dejado una patata caliente entre las manos. De esas que no se enfrían, de las que te queman para siempre. A la patata se la conocía como Tot tan a prop. Llamé a Jordi Nadal a su editorial de entonces, Paidós, y le dije que si no podíamos hablar de hombre a hombre al menos lo hiciéramos de hombre a mujer. Seamos turistas en Barcelona, propuso Jordi. Quedamos a las diez menos cuarto en la Zürich, antes de su masaje, antes de que las calles se despierten para mí.

A una manzana de distancia y a pesar de mi estricta puntualidad, divisé al hombre del Mediterráneo (pantalón negro y camisa blanca, como diría Camus) a gusto en una de las mesas de la terraza batida por el viento.

Cuando me acerqué —con esa sonrisa que me hace pasar por tonta en una ciudad donde las sonrisas suelen escatimarse— el hombre del Mediterráneo se puso espontáneamente en pie y se quitó los insectos que le tapaban los ojos. Hice lo propio con mis gafas de pasta.

Cafés y aguas de Vichy.

—Empecemos por lo más difícil —dije.

—Es lo que más me gusta —respondió.

—No quiero que publiques este libro. No es que yo no lo quiera publicar. No quiero que lo publiques. Te van a despellejar. Los misiles irán directamente a la línea de flotación. Te desnudas demasiado, es peor que verte en pelotas. Es verte en acción.

El sol molestaba aunque todavía no entibiaba. El hombre del Mediterráneo me pidió permiso para volver a ocultar sus ojos. Se lo otorgué y me parapeté detrás de mis gafas retro.

—Muy bien —le dije—. Ahora que hemos tapado lo mejor de nuestras caras, te lo repito. No quiero que publiques este libro.

—No me importa que me despellejen. En cuanto a los misiles, que los tiren. Nadie sabe dónde está mi línea de flotación.

Jordi Nadal también sonríe a menudo. Los blancos dientes quedaron al descubierto cuando dijo:

—Si logras escribir en la contracubierta algo parecido a la expresión que se te dibujó al decir que era peor que verme en pelotas, me sentiré feliz.

Así, sin contratos ni agentes, quedó sellado el pacto por el cual publicaríamos Todo tan cerca, una narración entrecortada como la vida misma, una apuesta literaria casi suicida de uno de los editores más conocidos de España.

Un hombre de empresa, de grupo, que desgrana aquí los secretos de lo que para él es el deseo, el enamoramiento y, más tarde, el amor. Una novela con gafas de sol que no logra ocultar su carácter eminentemente aforístico. Así como regalamos sonrisas aunque llevemos warholianas gafas de sol.


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