Reeder
Elena de Grau


Estaba oscuro. La lluvia arreciaba al otro lado de las ventanas. Reeder miró afuera, pero la decisión ya estaba tomada: saldría. Se puso la gabardina ancha con bolsillos interiores y cruzó, decidido, el umbral de la puerta.

Hacía dos horas que había sonado el toque de queda, pero correr riesgos nunca le amilanó, ni siquiera ahora, cuando todo había alcanzado el paroxismo.

Caminó pegado a los muros de los edificios, ni una luz en las ventanas. Sólo alguna farola con una bombilla mortecina y los focos que barrían la calle desde las azoteas de vez en cuando. Una sombra entre la sombra.

Se detuvo ante una puerta, llamó con los nudillos y esperó. Mientras, se abrió la gabardina empapada y comprobó que la magnum estuviera en su sitio. Era un hombre precavido. Oyó el ruido de la mirilla y adivinó el ojo gris de Vendorbook, el Mudo. «Reeder», murmuró.

Sin una palabra atravesó la habitación. Le pareció que las estanterías con la enciclopedia estatal de Cabo Verde, el monotema del último año, se le venían encima. 12 tomos. Dos años antes fue la vida del arqueólogo Sergei Vokoroff, y antes un tratado completo de papiroflexia, y antes la nueva cocina en las llanuras mongolas… Todo por la cultura, según el eslogan global.

Vendorbook, el Mudo, abría el camino. Reeder conocía de memoria sus movimientos. Levantó la alfombra, abrió la trampilla y bajó por la escalerilla empinada que llevaba al sótano. Doscientos metros cuadrados de libros amontonados. Le faltaban dos títulos para completar la serie de Lew Griffin. Los buscó y se los guardó en los bolsillos interiores en silencio.

Cuando volvió a la calle había dejado de llover. Esquivó con pericia un foco y apresuró el paso. Una vez en casa cerró las contraventanas y corrió las cortinas. Encendió la lámpara que tenía al lado del sillón de lectura, se sirvió una dosis generosa de bourbon y alumbró uno de los toscanos que le traía de vez en cuando el amigo de un amigo que se jugaba la vida contrabandeando tabaco desde la prohibición. «Una velada estupenda», se dijo, mientras abría el primer libro.

Entretanto, Vendorbook, el Mudo, se preparaba para irse a la cama con la satisfacción de haber cumplido con un deber prohibido.


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