Reeder (2): Fly-Fly
Elena de Grau


Reeder abrió la ventana y se asomó a la calle. Un sol blanquecino derramaba rayos lechosos contra los edificios y formaba unas sombras negras como tinta de calamar esparcida en el suelo. Tres calles más abajo, Vendorbook, el Mudo, corría la persiana de la tienda estatal. Reeder entornó los postigos y se dio la vuelta con una mueca de disgusto. Un mundo en blanco y negro.

El manuscrito de La Corporación lo estaba esperando encima de la mesa. Se acercó arrastrando los pies y lo cogió de mala gana. El encuestador pasaría por su casa al cabo de dos días con el miniordenador en ristre. Una obligación más. Reeder leyó las primeras páginas. Sin autor. Sin traductor. Sin créditos, sólo La Corporación. Negro sobre blanco.

La frase se transformó en un puño que se le hundió en la boca del estómago: «El cadáver flotaba hacia arriba». Tardó en recuperarse. «Johnny se detuvo frente a la puerta y apretó el timbre de la puerta» se derrumbó sobre sus pies produciéndole un dolor inhumano. Deambuló por la habitación para desentumecerse los dedos.

Continuó: «Encendió el cigarrillo y el humo subió arrán de techo» le obligó a correr al lavabo y vomitar un líquido bilioso. No había desayunado todavía.

Decidió tomarse un descanso. Fue cojeando a la cocina y abrió la nevera. Un espectáculo desolador. Se comió los restos de un bocadillo de chopped de la noche anterior, unas galletas de arroz y se preparó un café. Sólo bebió un sorbo. El líquido negro le produjo un pinchazo agudo en el hígado. Lo tenía muy delicado desde que malvivía trabajando como lector para La Corporación. De no ser por Vendorbook, el Mudo, y su sótano reparador.

«Johnny la dijo a ella» le estalló en la cara y lo dejó ciego momentáneamente. Tardó más en recuperarse. Pero tenía que seguir y seguir, y acabar. Seguir y acabar en esa soledad espesa y bicolor.

Un ruido ligero le obligó a abrir los ojos. Fly-Fly se había puesto las alas de mil espejos y revoloteaba por la habitación. Lo miró tras los cristales de unas gafas mínimas, hizo un gesto provocador y se fue directa al piano. Acarició las teclas con los pies y, con una sonrisa maliciosa, empezó a tocar Butterfly, de Chopin.

Reeder la miraba hacer y escuchaba la música con los ojos entornados, mientras la idea despegada y fría, casi ajena, de una venganza iba tomando forma en su pensamiento. En el suelo, un ovillo de frases inconexas. Negro sobre blanco.


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