De narices y de espejuelos
Héctor Febles


Al primero que pintaron con ellos colgados fue a un monje benedictino en el siglo XIII. Y se ha dicho que en China gustaron mucho, hasta que los chinos comprobaron que eran imprácticos porque no tenían toda la nariz necesaria.

El objeto plural en cuestión, es fácil adivinarlo, cuenta con patas de longitud diversa, formas geométricas variables, está hecha de metales o plásticos coloreados o transparentes y lo usan millones de personas. Pero ninguna lupa ha podido averiguar quién habrá sido el primero al que le vino la idea de inventar los espejuelos, a pesar de la microscópica búsqueda en archivos remotísimos y de haberse encontrado montones de papeles con montones de grabados y descripciones sobre el arte de fabricar enmarcados cristales de aumento.

Constreñidos en el seno del folclore europeo, ciertos informes de alta fidelidad afirman que fueron los españoles quienes primero aseguraron su permanencia sobre la nariz atándoles cordones de seda que les llegaban a las orejas. Y que los ingleses se exhibieron antes que nadie con el monóculo. Y que el ubicuo Benjamín Franklin, inventor del pararrayos, también inventó los lentes bifocales. Y que serían los suizos, a principios del siglo veinte, los pioneros en tallar lentillas de contacto.

Pero si empezamos por el vidrio, metamórfica y endeble sustancia que asociamos casi de inmediato con los espejuelos, verificaremos que este era conocido y trabajado desde mediados del tercer milenio antes de nuestra era, y que Aristófanes, aquél trágico griego, introdujo un lente de cristal como artificio cómico en una escena de su tragedia Las nubes. En su época, se rumoreó que Séneca, tal vez el más discutido de los pensadores romanos nacidos en la provincia de Hispania, leyó todos los libros de Roma acercándoles un globo de cristal repleto de agua, magnificando así la miope caligrafía de los copistas, razón por la cual resulta como mínimo extraño que nadie se haya atrevido a filosofar imaginando las veces que se le habrá explotado el globo a este paladín de la austeridad que disfrutaba la opulencia mientras intentaba encontrar el ángulo justo, el balance perfecto para que, entre otros cuidados, nadie creyera que le había crecido la nariz.

En el siglo XIII, sabemos que no fue Roger Bacon, el primero de los dos Bacon famosos, el inventor de los espejuelos, como se quiso y se dijo en Oxford, y que sus conocimientos sobre lentes los había sacado de una traducción latina de un manuscrito árabe del siglo XI: pongamos por caso, que los lentes convexos facilitan la lectura porque agrandan las letras. Alrededor de esa misma época Marco Polo regresó de la India (circa 1295) con el relato de haber visto serpientes con espejuelos; cuando lo más seguro es que el impresionable viajero confundía el extravagante dibujo que tienen las cobras en la parte anterior del reluciente bolsillo donde parece que guardan sus minúsculas cabezas, con el modelo de lentes redondos que entonces se moldeaba en la realidad.

El primer tercio del siglo XIV es determinante en nuestra historia. Los investigadores más acuciosos apuntan a Venecia. La existencia de lentes que se emperchan en la nariz quedó registrada por primera vez en los archivos venecianos del año 1300: se trata de un edicto en el que la signoria gobernante autoriza su fabricación a los artistas cristaleros. En la inscripción latina de una placa de mármol dedicada al inventor de los espejuelos se lee el nombre de Salvino di Armato degli Armati, (nombre premonitorio donde los haya: “armadura? es sinónimo de “moldura? o “marco? de los lentes graduados) fallecido en 1317. Pero no se ha sacudido nada más que adjudique a Salvino la consagración definitiva.

Así, en alguno de los entonces cientos de cristaleros venecianos se oculta el artista que instaló la primera pareja de lentes convexos de cristal de cuarzo contra unas redondas ventanitas de cuero repujado, casi seguro a imitación de los tragaluces circulares que asomaban por las iglesias y palacios de la célebre ciudad calada de agua hasta los huesos. Y no es fortuito que casi la totalidad de las referencias sobre espejuelos y sus primeras pinturas sean de clérigos: sabido es que antes de la invención de la imprenta, (curiosa variante de espejuelos que nos ayuda a leer: a ver, a vernos) o sea, hasta mediados del siglo XV, pocos europeos sabían leer: se escribía, se copiaba y se estudiaba sobre todo en los monasterios. Se recordará el asombro que provocó la novedosa lente enmarcada que trajo consigo el detective benedictino Guillermo de Baskerville a la abadía los crímenes ambientada en el primer tercio del siglo XIV de El nombre de la rosa (Umberto Eco, 1980), novela, por cierto, que junto a La Tierra trema ( The Earth Will Shake, 1982; Robert Antón Wilson) funda lo que llamaríamos la literatura sapiencial-conspirativa de nuestro tiempo.

Es de justicia admirar la entereza de quienes se atrevieron a servirse del revolucionario invento en tiempos en que muchos filósofos eran fervorosos creyentes del sacrilegio implícito que suponía cualquier interferencia a los designios previos de la naturaleza, fervor que aún sobrevive entre personas que lejos de la ética y el conocimiento promovidos por la Ecología, abanderan un tipo de fe o práctica oscurantista que podría acuñarse con el nombre de Ecolatría. Por otro lado, esa entereza perfiló enfebrecidos y reveladores anacronismos pictóricos: profetas bíblicos con espejuelos, Cupidos con espejuelos, y san Pedros con espejuelos decoraron la escenografía permanente de las iglesias a lo largo y ancho de la Cristiandad.

El uso de los espejuelos se desparramó por mares y territorios delimitados en la geografía actual por los Países Bajos, Alemania, España, Inglaterra y Francia. Y si desde el siglo XVI los hacedores españoles les ataban cordoncitos de seda para fijar los extremos de las armaduras, el toque final de darle rigidez a las frágiles patas de seda se lo dio un óptico inglés de nombre Edward Scarlett en 1730. Los españoles serían también, cómo no, los primeros en establecer que llevar espejuelos otorgaba aires de importancia.

Los monóculos ingleses se presentaron en sociedad en 1800, y en 1930, un tal P. G. Wodehouse, publicó una sutil guía para el correcto uso de los espejuelos que insinúan las pretensiones novelísticas de su autor. “Los monóculos – traduzco – deben llevarlos los buenos duques y los caballeros ingleses.? A su vez, “los espejuelos ( the eyeglasses) que pinchan la nariz son recomendables para: 1) los presidentes de banco, 2) los músicos y 3) los catedráticos universitarios.?


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