Abran las ventanas, que entre el aire
Bengt Oldenburg


El 16 de diciembre estuve en Almassora, un pequeño pueblo cerca de Castellón, para presentar el libro de Robert Juan-Cantavella, Proust Fiction, uno de nuestros jóvenes autores españoles. Desde hace un año y medio, el pueblo cuenta con una librería, donde tuvo lugar el acto. Felicité a Raúl, dueño e inspirador de La Panderola. Le dije que abrir una librería como ésa equivalía a abrir una ventana.

Todas las librerías cumplen, en cierta medida, esa función, sobre todo en sitios con una población reducida. Pero esta excursión al litoral valenciano me reservaba más alegrías.

Tomando la cerveza de rigor después de la presentación, revisé la oferta y me llamaron la atención los cuatro tomos de El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell. Otro joven escritor que lucha por encontrar espacio, Jordi Carrión, estuvo a cargo de la presentación y entablamos conversación. Le comenté que, en 1959, había discutido durante todo el trayecto en coche entre París y Estrasburgo, con el matrimonio Cortazar –Julio y Aurora– sobre los méritos de Durrell. Ellos estaban muy entusiasmados; Aurora ya se aprestaba a traducir Justine, primera novela de la serie. No compartía su euforia, aunque admitía la pericia del autor de lo que todavía no era el Cuarteto.

Jordi me escuchó con interés, aunque sus opiniones diferían de las mías con respecto a Durrell y su obra; luego me habló de un estudio que está haciendo sobre la influencia del Cuarteto en Rayuela. Nunca lo había pensado en esos términos, pero la anécdota de hace 46 años coincidía con la curiosidad y la intuición de Jordi. Le confesé que Peter Landelius, traductor de Rayuela al sueco, me había consultado respecto de la jerga al uso entre los argentinos de París durante el decenio de los años 50. Fui el único sueco en compartirla, en parte debido a mis frecuentes viajes a Buenos Aires y al grupo de amigos argentinos que me rodeaba cuando estudié en La Sorbona.

Durante la cena y la velada que la siguió, me di cuenta de que en ese lugar había varias ventanas que me rodeaban: jóvenes que se habían formado a sí mismos como escritores o, y no es menos mérito, como avezados adictos a la literatura. Volví de mi expedición convencido de haber descubierto algo que, a veces, no se percibe en las grandes ciudades: la existencia de una juventud talentosa e incorrupta, una promesa positiva para el futuro.


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